
Desde Florida
En una jornada organizada por la SPLF e INIA, el investigador explicó cómo El Niño puede influir en las lluvias de la próxima primavera-verano y cómo trasladar esa información a decisiones concretas de manejo.
En el marco de la actividad "Estrategias para potenciar el manejo en sistemas lecheros", organizada por la SPLF e INIA, Walter Baethgen abrió la jornada de este martes 4 de agosto con la charla Clima y perspectivas para la próxima temporada: El Niño. El especialista se presentó con humildad —"no soy climatólogo, pero tuve la suerte de trabajar con los mejores del mundo"— antes de meterse de lleno en cómo el fenómeno impacta a miles de kilómetros de distancia.
Baethgen explicó que lo que llega a Uruguay son los impactos de El Niño, un fenómeno que se origina a unos 6.000 kilómetros de distancia. Aumenta las probabilidades de que la zafra sea más lluviosa en Uruguay entre setiembre y junio, mientras que en Australia y el sur de África el efecto es el contrario: más seco.
"Una cosa es estar cerquita, como Indonesia, Perú o Ecuador, y otra cosa es Uruguay o Sudáfrica: nos afecta distinto", señaló.
La explicación pasa por las corrientes en chorro, verdaderos ríos de aire a 10.000 metros de altura que transportan humedad de forma constante. Cuanta más humedad haya debajo de esas corrientes, más probable es que llueva. Ese efecto impacta principalmente en primavera.
Baethgen recordó que el 50% de la lluvia que recibe la región del Río de la Plata proviene de la Amazonia, un aporte clave en primavera y verano, y que en los años Niño esa humedad tiene más probabilidades de llegar a Uruguay.
Un pronóstico probabilístico, no una certeza
El especialista fue claro en marcar los límites de esta herramienta: los impactos no son perfectamente predecibles, ya que las corrientes no siempre se comportan igual y su efecto varía de un año a otro.
Aun así, remarcó que para Uruguay es una buena noticia contar con esta información: "No es una timba total, en Mato Grosso no saben; nosotros, en julio, ya podemos tener una idea de lo que puede pasar en diciembre".
Según los modelos, la temperatura del Pacífico estaría entre 2,5 y 3 grados por encima de lo normal hacia fin de año, y todo indica que el agua se seguirá calentando, una señal que confirma que se trata de un Niño fuerte.
Qué pasó en los Niños fuertes anteriores
Baethgen repasó el antecedente de 2015-2016, otro Niño fuerte, cuando el agua del Pacífico estuvo 2,8 grados por encima de lo normal. En ese caso, de setiembre a marzo el agua en el suelo en Uruguay estuvo por debajo de lo normal —es decir, fue un período seco—, y recién en abril llegaron lluvias fuertes que derivaron en inundaciones.
"¿Para qué sirve esto? Para nada, en años fuertes no llovió más", planteó, aunque aclaró que sí se puede decir que hay más probabilidades de lluvias por encima de lo normal.
El especialista insistió en que en Uruguay ningún año se comporta exactamente como el promedio: la probabilidad de eso es prácticamente nula. Lo que cambia son las probabilidades: en lugar de un 33% de chances de lluvia por encima de lo normal —el escenario base—, este año esa probabilidad sube a 70%. "Es información valiosa, pero probabilística", remarcó.
En los años Niño fuertes también aumenta la probabilidad de eventos extremos: grandes tormentas y olas de calor. Baethgen señaló que ese efecto suele ser más marcado al norte del Río Negro que al sur, aunque pidió tomar ese dato "con pinzas", ya que el comportamiento histórico ha sido muy heterogéneo.
Qué mostró el maíz en los últimos 20 años
Para bajar el análisis a un cultivo concreto, Baethgen mostró la evolución del maíz en Uruguay, cuya productividad viene mejorando a razón de kg/ha 120 por año, con un rendimiento promedio esperado en torno a los kg/ha 6.100.
En los años Niño, ese rendimiento aumenta en promedio un 16%, mientras que en los años Niña cae un 10%. Para el especialista, este ejercicio busca "desdramatizar" un poco la lectura del fenómeno, mostrando su efecto real medido en los últimos 20 años.
De la información al manejo
Baethgen cerró con la pregunta central: cómo se traduce toda esta información en decisiones de manejo. Si hay 70% de probabilidades de más lluvia entre setiembre y diciembre, los maíces de primavera deberían funcionar bien. Pero eso no significa apostar todo a un solo escenario: "¿Hay que sembrar 100% de maíz? No, es la peor decisión", advirtió.
La recomendación del especialista es ir ajustando el manejo de forma gradual, "como en la pandemia": moviendo perillas de a poco, no prendiendo y apagando de golpe.
Ese esquema, ya instalado en la agricultura, es trasladable también a la lechería y la ganadería. La pregunta que cada sistema productivo debe hacerse, planteó, es qué perilla puede mover frente a una probabilidad de lluvia 70% mayor a la habitual.


